Se me presenta un sentimiento de melancolía al observar la evolución de la franquicia Pro Evolution Soccer. Antaño, la franquicia destacaba por modos de juego profundos y enriquecedores como la Liga Máster, la narrativa de Ser una Leyenda. Estos modos de juego ofrecían una experiencia offline gratificante y una sensación de progreso que se ha visto eclipsada. El rumbo actual ha virado hacia un modelo de negocio que prioriza el componente en línea, enfocándose en la recolección de "cartas" para conformar un equipo de ensueño. Esta nueva dirección, si bien puede ser atractiva para algunos, ha generado una homogeneización preocupante. Es habitual encontrar equipos conformados por las mismas superestrellas, lo que elimina la diversidad táctica y la identidad única de cada plantilla. Para revitalizar la franquicia y recuperar parte de su esencia, se podrían considerar algunas mejoras. En lugar de centrar todos los recursos en la experiencia en línea, se podría buscar un equilibrio. Los progresos y recompensas obtenidos en los modos offline podrían tener algún tipo de repercusión o recompensa en el modo en línea, incentivando a los jugadores a explorar todas las facetas del juego. Asimismo, para combatir la monotonía de ver siempre a los mismos jugadores, se podrían introducir mecánicas que premien la creatividad y el uso de futbolistas menos comunes. Se podrían implementar eventos especiales o ligas con restricciones que obliguen a los jugadores a experimentar con equipos más diversos, fomentando así una mayor variedad táctica y estratégica. Finalmente, para recuperar la profundidad perdida, se podría inyectar nueva vida a modos clásicos como la Liga Máster, con tramas más dinámicas, opciones de gestión más complejas y una curva de dificultad más desafiante que recompense la inversión de tiempo a largo plazo. La inclusión de un modo historia más robusto y ramificado en "Ser una Leyenda" también sería un gran paso. Aun así hasta el momento invertir 60h de juego lo cual me a llevado a esta pequeña conclusión
Space Marine 2 no es un shooter. Es una manifestación divina del exceso, un monumento de testosterona pixelada y glorioso metal imperial. Cuando lo inicias, no ves un menú: ves una declaración de guerra al aburrimiento, a los tiránidos y a la idea misma de sutileza. Cada paso que das suena como si mil soles rugieran de aprobación. Cada disparo es una plegaria en calibre .75. Cada golpe de tu Chainsword convierte la materia orgánica enemiga en una lluvia artística de carne y gloria. No hay “sigilo”. No hay “plan táctico”. Hay tú, tu fe y un océano de bichos que gritan en estéreo antes de ser purificados a ritmo de Heavy Bolter. El protagonista no tiene nombre: tiene presencia. Es tan ridículamente poderoso que podría usar un tanque como casco y seguiría pareciendo elegante. Su respiración tiene la densidad moral de un sermón. Cuando corre, los continentes tiemblan. Cuando cae, los herejes hacen cola para morir primero. Visualmente, el juego parece renderizado en pura energía del Trono Dorado. Cada armadura brilla como si estuviera pulida con las lágrimas de los caídos. Cada batalla es una pintura renacentista con 300 litros de sangre y cero misericordia. La música no acompaña: invoca. Space Marine 2 no se juega, se sobrevive. Es una misa en fuego cruzado, un poema escrito con metralla, una sinfonía de destrucción que deja a tus neuronas marchando en formación. En resumen: este juego no es una secuela. Es un exorcismo del alma. Y si no sientes el impulso de gritar “¡POR EL EMPERADOR!” después de cinco minutos, revisa tu pulso.